Tuesday, May 02, 2006

Capítulo 11


Books: famosas a la carta


Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.

Constitución Española, art., 20, 4.

De regreso a Barcelona, Manuel acudió puntual. Nos habíamos citado en un importante restaurante de la Ronda de San lord¡. Semanas atrás, en nuestra entrevista con Priscila, la compañera de burdel de Malena Gracia y de otros rostros conocidos de la pequeña y de la gran pantalla, había prometido introducirme en el circuito de las mesalinas famosas. Me inventé una reunión con importantes empresarios, vinculados al mundo de la prostitución y las drogas, para justificar mi viaje a Barcelona y mi supuesta holgura económica. Lo que en el fondo era verdad, ya que todos mis viajes durante esta investigación estaban motivados por traficantes de drogas, armas o mujeres.
—Manuel, estoy cachondo y me apetece un montón tirarme a una famosa. Tú me habías dicho que podrías presentarme alguna, ¿no?, ¿o sólo querías presumir?
—Claro. Te voy a llevar a una agencia, de aquí, de Barcelona, que lleva famosas. Ahí me he tirado yo a más de una.
—¿Cuándo? —Mañana.
Esa tarde me gasté un dineral en el atrezzo de mi nuevo personaje. Me compré un par de camisas Pierre Cardin, unos zapatos de piel, pantalones de marca, corbatas de seda y un llavero de Mercedes que, junto con un cigarro habano, marca Cohiba, debería darme el aspecto de un empresario adinerado con un capricho sexual.
La existencia de catálogos fotográficos donde poderosos empresarios, políticos y famosos habituales en la prensa rosa o en las pantallas de televisión escogen a las prostitutas de gran lujo con las que desean tener relaciones, es una especie de leyenda urbana que circula en todas las redacciones de prensa, radio y TV del país. Todas las fuentes que había consultado me habían advertido de que, de existir, resultaría muy difícil acceder a los catálogos de las famosas del cine, la moda o la televisión que se dedican a la prostitución, y mucho menos grabar con cámara oculta esas negociaciones. Todas coincidían en que, para poder ver los supuestos books o álbumes de fotos de esas rameras de gran lujo, era necesario ser un diente conocido por la agencia y haber contratado antes los servicios de otras escorts. Sin embargo yo no podía hacer eso, así que Manuel era mi única posibilidad de burlar las desconfianzas de las madames para poder ver esos legendarios catálogos de prostitutas de alto standing y grabarlos con mi cámara oculta. Y así ocurrió. Al día siguiente acudimos a una de las agencias de lujo en la que, según mi inconsciente cómplice, podía gestionarse un servicio sexual con famosas actrices, modelos y presentadoras de televisión.
La agencia Standing-13CN se encontraba en un lujoso apartamento de la calle Pau Clarís. Justo antes de entrar en el portal del edificio, me excusé diciendo que tenía una necesidad urgente de ir al servicio y me refugié en un bar cercano para, escondido en su lavabo, encender mi cámara oculta sin que Manuel pudiese verme.
Al salir del ascensor, una especie de doble puerta, que separaba ambas alas del piso en el pasillo, convirtió aquella agencia en un lugar especialmente discreto. Nos abrió una señorita con mucha clase que, en cuanto vio a Manuel, nos recibió con cordialidad.
—¡Hola! —¿Qué tal? ¡Adelante!
—Éste es Toni. Toni, María. —Encantada. Pasad, pasad. Enseguida la señorita nos invitó a entrar en una elegante sala de espera. Manuel le explicó mi intención de conocer a alguna de sus señoritas. Con la excusa de que quería organizar una fiesta de empresa, con dos o tres de sus escorts, solicité examinar su catálogo.
—Muy bien, os traigo el book para que veáis primeramente, y entonces ya sobre eso, me decís las chicas que queréis... Yo necesito saber un poco el presupuesto, las chicas que queréis y el tiempo.
—Muy bien. —Y bueno, comentadme un poquito: ¿qué es, una despedida o ... ?
—No, abrimos una delegación de una empresa en Barcelona y queremos hacer una fiesta...
—¡Ah, muy bien! Pues tenemos chicas de mucho nivel, ¿eh? Así que vais a quedar bien, sin ningún problema. Venga, pues os traigo el book, os lo enseña mi compañera. ¿Queréis alguna cosita?, ¿os apetece tomar algo?
Manuel pidió una schweppes de naranja. Yo necesitaba algo más fuerte y pedí un vodka. Lo bueno de la cámara oculta es que graba todo lo que ocurre, incluido el tiempo que transcurre entre cada episodio. Por eso puedo decir que, exactamente dos minutos y diez segundos después, una segunda señorita Ramada Mery, entró en la sala con un álbum de fotos lujosamente encuadernado. Eran fotografías ampliadas, así como páginas de revista recortadas y plastificadas con una presentación impecable. La primera de las señoritas que aparecía en ese book era una famosa modelo, habitual en las pasarelas Gaudí, Cibeles, Milán, París, etc., que había sido elegida modelo del año no hacía mucho tiempo. No precisaré cuándo. Manuel me explicó que ésa era la primera con la que él había mantenido relaciones en esa agencia. Incluso me relató, con pelos y señales, sus habilidades sexuales, confesándome que aquella famosa modelo, a la que yo había visto hacía poco en los programas del corazón supuestamente relacionada con un famoso cubano, archiconocido por su relación con otra famosa española, le había facilitado su teléfono para que pudiesen tener nuevos encuentros sexuales, ya al margen de la agencia. Esto lo hacen muchas prostitutas, sean rostros populares o no, para poder embolsarse íntegramente el importe del servicio y no tener que entregar a los proxenetas su porcentaje, cosa que me parece estupenda. Todo lo que sea estafar a los proxenetas, sean mafiosos nigerianos, honrados empresarios o sofisticadas encargadas de agencias de lujo, me parece bien. Al fin y al cabo todos ellos viven de explotar el sexo de sus rameras, ellas son las que hacen el trabajo sucio y, según el diente, muy, pero que muy, sucio.
—Ésta me contó que quería ser modelo desde los seis años —me explicaría Manuel, que parece conocer muy bien a la chica de la foto— y me dijo que a ella la descubrió la directora de una agencia de modelos de Girona y, después de ganar un concurso de belleza, la ficharon y empezó su carrera hacia la fama. Con sólo veinte añitos ya ha desfilado en las pasarelas más importantes del mundo, y no veas cómo folla... A mí me calienta cada vez que la veo en la tele.
Al contemplar aquella primera fotografía, que por supuesto no aparece en la página de Internet, reconozco que sentí una morbosa satisfacción. A través de Manuel estaba accediendo a un mundo secreto, limitado a los poderosos que disfrutan de una situación económica que les permite gastarse, en una hora de placer, cifras equivalentes o superiores al sueldo mensual de muchas familias españolas. Es cierto. Por un instante yo también me sentí poderoso. A partir de aquella primera página, en el primero de los books que podría examinar desde ese momento, conocería los rostros de las fulanas más caras de España. Muchas de ellas aparecen recortadas y pegadas en las carpetas escolares de los adolescentes o decoran sus habitaciones desde un póster desplegable adherido a la pared o se cuelan en nuestros comedores a través de las pantallas de televisión, excitando la imaginación y el deseo de todos los varones, y de algunas mujeres, del país. ¿Cuántas noches miles de adolescentes han explorado sus cuerpos, amparados por la fantasía de aquellas mujeres perfectas? Yo no puedo excluirme. Pero ahora estaba descubriendo que muchas de ellas no eran sólo una fantasía utópica e inalcanzable. Cualquiera podía acceder a sus caricias y a sus besos —aunque fuesen tan falsos como los del Iscariote—. Tan sólo había que disponer del dinero suficiente para comprarlos.
Tras la top model, comenzó a desfilar ante mis ojos todo un elenco de mujeres espectaculares. Muchas de ellas eran portada de importantes revistas o ilustraban anuncios publicitarios de las firmas más prestigiosas. Sin embargo en aquel catálogo no encontré lo que buscaba. No existían fotos de las famosas, famosas con mayúsculas, que Rodríguez Meriéndez había acusado en su revista Digame de ejercer la prostitución.
—Algunas de estas fotos están en Internet —le digo a Mery. —Sí, en nuestra página web: www.standing-ben.com —Sí, porque yo he visto ya alguna de estas fotos, ¿son todas españolas?
—Unas sí y otras no.
—Y las españolas, ¿hablan más idiomas? —Sí.
—Lo que pasa es que no sé si es exactamente esto lo que estamos buscando...
—¿Y qué estáis buscando? —Pues, nos habían hablado de señoritas más... conocidas —respondí.
—¡Ah, señoritas famosas! —Sí. Es que eso da mucho más morbo... De eso no tenéis nada, ¿no?
—Voy a hablar con María, porque hay algo más, pero como son muy exclusivas no las sacamos en el book... Voy a hablar con María, ahora vengo.
¡Bingo! La agencia llevaba prostitutas más «exclusivas» que las ofrecidas en el book y en Internet. Aquello sonaba prometedor y exactamente cinco minutos y diez segundos después, Mery regresó con la información.
—Pues nada, es que mi jefa estaba ocupada... Me ha dicho que las hay, pero que están en Madrid y que si podéis llamar dentro de unos días, os dirá qué puede hacer. Pero os aviso de que la hora de estas señoritas no bajará de 5.000 euros.
—Pero la fiesta la queremos hacer en Barcelona —insistí para no levantar sospechas.
—Sí, sí, pero los contactos están allí. Pero que sepáis que son 5.000 o 10.000 euros la hora, pues porque son señoritas... que cobran eso...
Mientras las chicas del catálogo cobraban i5o euros por servicio, las «exclusivas» de las que me hablaba Mery multiplicaban por treinta y por sesenta esa cantidad... Evidentemente estaba en el buen camino. Prometí llamar unos días después —cosa que hice—, y salí con Manuel de la agencia, aparentemente contrariado.
De La isla de los famosos al Hotel Glam
En el fondo tuve mucha suerte. Si hubiese encontrado en aquel primer book a las supuestas famosas dedicadas a la prostitución, no habría tenido sentido que Manuel me descubriese otras agencias, tanto en Madrid como en Barcelona, dedicadas al proxenetismo de alto standing. Por eso aproveché su malestar ante el hecho de no haber encontrado lo que yo buscaba. El empresario quería impresionarme y aunque la promesa de María de hacer gestiones en Madrid sonaba prometedora, yo puse, intencionadamente, en tela de juicio su pretendido conocimiento del tema para provocar al empresario.
—¿Y a esto le llamas tú famosas? Pues vaya mierda. Porque salgan en una portada enseñando las tetas o porque hagan un anuncio de joyería no se las puede llamar famosas, joder. Para eso ya tengo yo a las tías de mis garitos, que están tan buenas como éstas, o más.
—Me cago en la puta —respondió el empresario, tocado en su amor propio—, si te digo que te tiras a una famosa, te tiras a una famosa. Vamos a ir a la agencia de Angie que lleva a muchas famosas.
El empresario había mordido el anzuelo. El orgullo es un instrumento muy útil que tiende a perder a los vanidosos si sabes utilizarlo inmediatamente Manuel marcó un número que tenía archivado en su móvil, lo que me hace deducir que posiblemente lo utilizaba con cierta frecuencia. Tras hablar unos minutos por teléfono entramos en mi coche y nos dirigimos a la calle Numancia. Esta vez tuve que poner la excusa de que necesitaba sacar dinero para poder meterme en un cajero y activar la cámara oculta sin que Manuel me viese hacerlo. Después entramos en el número 85 y subimos al piso clandestino donde se oculta la agencia Numancia.
Nos abrió una mujer que aparentaba unos cincuenta años de edad, y estaba a años luz de la sofisticación, la clase y el estilo de la agencia Standing—13CN. El piso tampoco tenía el mismo nivel y se parecía más a cualquier casa de citas clandestina que a una agencia de prostitutas de lujo. Sin embargo, tras saludar a Manuel, la madame, que tiene toda la pinta de eso, me examinó de arriba abajo con la mirada. Me alegré de la inversión que había hecho en la ropa, los gemelos y el llavero del inexistente Mercedes que completaban mi disfraz. Por fin la celestina sonrió y nos invitó a pasar. Había olido dinero.
Madame Angie nos condujo a una gran sala, donde nos invitó a sentamos. Inmediatamente expresé mi interés por ver el book de sus señoritas y, para mi sorpresa, la madame me pidió una «señal» económica por el mero derecho a examinar su catálogo de meretrices. Es una forma de filtrar a los clientes que verdaderamente tienen dinero y no les importa gastar.
—He montado una empresa, bueno, una delegación de la empresa aquí en Barcelona y queremos hacer una fiesta, bueno, más bien una cena, para celebrarlo. Entonces quería tres señoritas, pero que al menos una de ellas fuese, bueno, conocida. Conozco otras agencias en Madrid, pero aquí en Barcelona no conozco nada y mi amigo me ha dicho que sois muy serios y eso...
—Bueno, nosotros llevamos aquí seis años y la verdad nos va bien...
—Y queríamos ver el catálogo de señoritas. —Pero sabes que tienes que dejar un depósito para verlo. —No hay problema. —Son 60 euros, que tienes que dejar en depósito. Luego [ininteligible] (... ) las chicas, algunas de las que están ahí famosas, según para qué cosa y según lo que paguéis no van a venir. Eso os lo garantizo antes de que... no quiero que os sintáis estafados para nada.
—A algunas ya las conocemos y alguna nos conocerá —improvisé marcándome un farol para que Angie se relajara—. Y somos gente muy seria, así que no andamos con mariconadas...
—Vale, pues bueno, yo os enseño y más o menos os digo las que están aquí en Barcelona y las que están en Madrid.
En ese momento imaginé que algunos clientes de esas famosas les habrán pedido las aberraciones sexuales que tantas prostitutas me han descrito durante mi investigación. « ... Según para qué cosa y según lo que paguéis ... », sin embargo, sonaba a que todas esas perversiones podrían ser negociables.
Madame Angie se levantó del sofá y tomó de una estantería no uno, sino dos, catálogos muy similares a los que ya habíamos examinado en la agencia Standing—BCN. Sin embargo, en esta ocasión, sí aparecían rostros conocidos entre aquellas meretrices de lujo. Los 6o euros que entregué a la madame no podían estar mejor invertidos.
—¿De qué precio estamos hablando? Yo te explico: sería una cena, noche de sábado a domingo y luego un servicio completo.
—A ver, mira, normalmente, cuando es una noche, cobramos 1.800 euros. Pero estoy hablando de una chica normal. Pero si es una chica conocida ya es más, estamos hablando de un millón de pesetas.
—Pero supongo que dependerá del momento profesional... —Es que es eso.
—Y Malena, ¿tú no sabes si cuando salga del Hotel Glam...? —No lo sé, son rachas. Ahora está en el Hotel Glam y no... Bueno, sabes lo que pasa, ella cuando viene aquí, aquello, si da la casualidad de que está en Barcelona y algún cliente la quiere, pues sí, pero tiene que coincidir que esté aquí. 0 que pague lo que ella quiere. Si paga lo que ella quiere sí que viene, claro.
—¿Y de cuánto estamos hablando? —¿Ella? Un millón. Mientras iba pasando las páginas del catálogo, iba descubriendo con sorpresa la vida secreta de algunos rostros que he visto en infinidad de ocasiones en la pantalla del cine o de la televisión, en las portadas de revistas tan prestigiosas como Cosmopolitan, Elle, Woman, Primera Línea, Interviú, Man, etc. Y entre ellas reconozco a Malena Gracia, a su amiga la ex guardia civil Ana María B. —que en este book aparece en el desnudo que vendió a Interviú—, etc. Angie habla con total seguridad sobre el precio de cada una de ellas. Una de dos: o bien la madame está utilizando ¡lícitamente la imagen de esas famosas, lo que también sería denunciable, o esas famosas ejercen la prostitución.
A medida que pasaba las páginas, Angie me iba haciendo indicaciones sobre algunas de ellas: «A ésta hay que avisarla con un poco de tiempo», «ésta también hace strip—tease», «ésta acaba de hacer una película con Santiago Segura», «mira, ésta estaba en confianza ciega, y es aún más guapa en persona» «ésta salió esta semana pasada en Interviú», etc. Muchas de aquellas chicas habían sido misses en sus respectivas ciudades, que después no habían alcanzado la corona en el certamen de Miss España, pero no se habían resignado a regresar a su vida anterior tras catar las mieles del éxito y el glamour. Reconozco que me excité. Pero no sé si mi excitación se debía a los cuerpos esculturales y los rostros perfectos que estaba contemplando o al mundo secreto que estaba descubriendo desde mi falsa identidad como narcotraficante y proxeneta millonario y vicioso.
—Imagina que yo quiero tres chicas. Una muy famosa, y dos chicas normales. ¿En cuánto me puede salir?
—La famosa es mínimo un millón, millón y medio. Yo hablo en pesetas. Y las otras unas 300,000.
—En cualquiera de los casos, menos de dos millones. —Sí. —Perfecto. —¿Podríamos sugerir nombres que no estén en el book? —A ver, sugiéreme. En ese momento me permití pronunciar algunos nombres de famosas que, reconozco, me habían hecho fantasear más de una vez. Alguna de ellas estaba en el segundo book.
—Por ejemplo, Sonia... —Sonia está, mira, es ésta. Pero Sonia pide dos millones... Pero me han dicho que es bastante sosita —me responde la madame para mi sorpresa.
Otras famosas que comenté, según Angie, habían dejado momentáneamente la prostitución al casarse, pero la madame me confirmó las informaciones de Dígame.
—La putada es que muchas chicas que he conocido ahora están en La isla de los famosos o en Hotel Glam...
Algunas de esas famosas, que ahora están en el punto más álgido de su popularidad, han aumentado las tarifas de sus servicios de forma desproporcionada. Según Angie, algunos clientes, que ahora las veían cada noche en las pantallas de televisión, estarían dispuestos a pagar lo que sea. «Pero igual después se les pasa la fama y ya no pueden cobrar lo mismo.» Algunas de ellas pueden ser contratadas sólo para un strip-tease, por el morbo de algunos empresarios que lo único que quieren es poder contar a sus amigos que han hecho desnudarse a tal o cual famosa. Esos servicios, sin sexo, se quedan en tomo a las 100.000 pesetas.
—Vale. Yo te daré unos nombres y tú me dices si sería factible contar con alguna de las que no están en los catálogos.
—Tú dímelos, que yo esta noche hablo con mi jefa... Porque nosotros tenemos una persona que es relaciones públicas, que se encarga, y nos dice: «Pues ésta sí, ésta no, ésta cobra esto, cobra lo otro ... ».
—Estoy pensando que si cogemos una muy famosa y luego dos más normales, son un millón, y seiscientas mil. Angie, y si lo hacemos así, igual nos regalas el strip—tease...
Hablé con seguridad y relajado y Angie me siguió la corriente sonriendo mis gracias. Se había creído completamente mi interpretación y estaba dispuesta a regalarme, en el pack de la orgía, el strip-tease de una famosa. Lo más duro de mi conversación con la madame fue que estaba convencida de que algunas de sus famosas, aunque en ese momento estaban en la cresta de su popularidad, volverían a la prostitución en cuanto pasara su efímero momento de gloria...
—Porque claro, Malena está ahora en el Hotel Glam, y daro... —Pero ¿volverá? —Tardará, tardará, pero volverá... Además Malena trabaja... todo el mundo que ha estado con ella dice chapeau... La primera vez que yo vi a Malena aquí, dije: «Joder, qué tía más guapa... qué clase ... ».
Aquella convicción de Angie tiene mucha más relevancia que la superficialidad del morbo rosa. Una madame con gran experiencia en el mundo de la prostitución sabe lo difícil que resulta, para la mayoría de las chicas, salir de él. Independientemente de que sean famosas, escorts de alto standing o rameras callejeras. El dinero que se mueve en este negocio es incalculable. Las chicas se acostumbran a un ritmo de vida inimaginable en ningún tipo de oficio. Sin embargo las secuelas psicológicas que inflige esa forma de vida suelen ser terribles. Y poco a poco, a medida que iba conociendo más y más meretrices, intuía que todas terminaban padeciendo serios trastornos psicológicos. La culpabilidad, la doble vida, los secretos, las mentiras, el desprecio social, la humillación y demás sentimientos tormentosos que son intrínsecos de la prostitución deterioran progresivamente la mente y el alma de las fulanas. No es cierto que sólo comercien con su cuerpo.
Mientras yo continuaba grabando los books, Manuel y Angie hablaban de alguna de las chicas con las que él se había acostado en esa agencia. Y cada minuto que pasaba yo me sorprendía más y más con los nombres que surgían en la conversación. Pero he decidido no reproducir esos nombres, aun teniendo en mi poder las grabaciones de la cámara oculta, por un respeto a las prostitutas que quizá ni ellas sientan hacia sí mismas. Si oculto los nombres reales de lumis callejeras, como Susy, o rameras de burdel, como Andrea o Mery, ¿por qué no voy a conceder el mismo trato discreto a las fulanas de alto standing? Todas tienen amigos, vecinos, padres y algunas hasta hijos, que sufrirían al descubrir su doble vida. Y el objeto de mi investigación son los proxenetas, no sus víctimas. Si Malena Gracia no hubiese reconocido públicamente su relación con este mundo, yo habría omitido su nombre como he omitido el de sus compañeras. Quizá porque no soy tan cruel como Emilio Rodríguez Menéndez, ni un putero resentido.
Antes de marcharnos de la agencia Numancia, Angie se ofreció a enseñarnos a algunas de las chicas que en ese momento estaban disponibles en la casa, esperando en una habitación contigua. Y aunque el objeto de mi visita a aquel piso clandestino era únicamente investigar hasta qué punto era cierta la leyenda de los catálogos de famosas, Manuel se había excitado sexualmente con la conversación y quería ver «el ganado» que había en la agencia. Así que finalmente ante nosotros desfilaron varias señoritas muy atractivas que quedaron inmortalizadas en la cinta de vídeo.
Como ocurre en miles de pisos similares, en todas las ciudades de España, las fulanas pasan una por una, dándonos su nombre, y permitiéndonos que escojamos a la que más nos apetezca. Afortunadamente ninguna resultó del agrado del exigente empresario catalán a pesar de ser chicas verdaderamente exuberantes, y Manuel decidió acudir a Otro burdel de lujo, para buscar mejor «mercancía». Casualmente se dirigió a la agencia en la que, años atrás, trabajaba la escritora Valérie Tasso. Al despedimos, Angie, convencida de que se le avecinaba un gran negocio, me entregó su tarjeta. Sobre la dirección y teléfono de aquel burdel de lujo, sólo una escueta línea: «Asesoría Numancia».

El burdel de la Gran Hermana

Ya no tenía ninguna duda. Al menos en buena medida, y al menos en lo referente a algunas de las acusadas, lo expuesto por Rodríguez Menéndez en la revista Dígame era cierto. No sólo Malena Gracia se dedicaba a la prostitución de alto standing.
Y si conocidas actrices, presentadoras y modelos se dedicaban a la prostitución de lujo, ¿por qué no iba a ser cierto que alguna de ellas diese un paso más allá y participase más activamente del negocio? ¿Por qué no iba a ser propietario de un burdel alguien relacionado con el famoso programa Gran Hermano? En ese momento, más que nunca, creí a Ruth, la chica del Riviera que afirmaba haber reconocido, en el plató de Gran Hermano, al propietario del burdel en el que había trabajado, al que sus rameras conocían como El Suizo. Decidí poner dirección hacia Galicia por última vez y telefonear a Paulino. Si existe alguien que conozca todos los burdeles del noroeste mejor que su propia casa, ése es Paulino. Y en este caso se convertiría en el sabueso que olfatearía el rastro de El Suizo. Dos horas después de que yo le hubiese telefoneado, interrogándolo al respecto, me devolvió la llamada.
—¿Toni? Me debes un polvo. Tu Suizo se llama Ulises A. Y el puticlub La Paloma está en Ponte do Porto, entre Vimianzo y Camarinas, o sea, a tomar por culo. Según me ha dicho un amigo mío, que es camarero en el Mont Blanc, está en la calle Curros, N. 991 de Ponte do Porto. ¿Vamos hoy?
Tomé un avión y viajé por última vez al encuentro del veterano putero. Esa misma noche nos dirigíamos a la población de Ponte do Porto, a poco más de una hora de camino desde A Coruña. El local no es demasiado grande. Regentado por una ex prostituta tailandesa llamada Sariya T. U., no había nada que pudiese relacionar aquel serrallo con ninguno de los concursantes del programa más famoso en la historia de la televisión. 0 casi nada...
El programa Gran Hermano ya había sufrido el escándalo, cuando la revista Interviú desveló que dos de sus primeras concursantes, la sevillana María José Galera, de veintinueve años, y la mallorquina Mónica Ruiz, de veinticinco, habían ejercido la prostitución. También todo tipo de rumores rodearon a la pintoresca Aida, primera expulsada en la última edición, en cuanto salió de la popular casa. Pero mi investigación iba por otros derroteros.
Al entrar en La Paloma, antes conocido como Club Yaqui, no conté más de una docena de busconas, entre latinoamericanas y africanas, y preferí distanciarme de estas últimas por recordarme demasiado a Susy, a la que había telefoneado esa misma noche desde mi hotel. Las noticias no podían haber sido peores. Según me había explicado Sunny, alguien había disparado contra Susy desde un coche y se había dado a la fuga.
Desde mi anterior viaje a Murcia, Sunny me había dejado muy claro que cada vez que desease hablar con su protegida tenía que telefonearle a él y no a las amigas del Eroski, a las que llamaba anteriormente cuando quería charlar con la nigeriana. En cada llamada aprovechaba para intimar con el proxeneta, ganándome poco a poco su confianza. Naturalmente, quien esto escribe sabe que debe tener pruebas de todo lo que dice, por eso grababa todas las conversaciones telefónicas, lo que me permite ahora reproducirlas exactamente:
—¿Dígame? —¿Price Sunny? —¿Quién es?
—Soy Toni. —¡Ahhh! Hola. —¿Cómo está Susy? —Alguien le ha pegado el sábado por la noche con una pistola... —¿Cómo? —Sí, con una pistola. Allí debajo de su....
—¿Que le han disparado? ¿A Susy? ¿Pero qué dices? —A Susy. Pero está bien ahora. No es muy grave. Ya está en la casa. —¡Hostia, qué fuerte! ¿Que le han disparado a Susy con una pistola?
—Ella te ha llamado esa misma noche, pero tú no coges el teléfono.
—Claro, es que estuve en Portugal, estuve fuera, pero me funciona muy mal, se me corta. Yo te llamé el otro día porque llamé a una amiga suya que me dijo que estaba en el hospital, y te llamé a ti pero no me cogías.
—Yo sé eso. Cuando tú me has llamado, yo dejé el teléfono en casa y estaba abajo hablando con alguien.
—Pero ¿cómo está ella? —Ella está bien. —Pero ¿cómo fue?, ¿quién la ha disparado? —Yo fui con ella al hospital esta mañana, pero los médicos dicen que tiene que volver otra vez mañana por la mañana. Ella está bien. No tiene ningún problema.
—Pero ¿quién fue, Sunny, quién hizo eso? —No lo sé. Ella salió de la casa a las 11, y a las 11.30 me ha llamado diciendo que alguien le había pegado con pistola... _Con pistola.
—Hombre, sí. Pero pistola de esa de... [ininteligible] —¿De balines? —Sí, sí. —Ahh, me estabas asustando ya. Pensé que era una pistola de verdad.
—No, no es pistola de verdad. —¿Y ella está contigo ahora? ¿Puedo hablar con ella?
—No, yo estoy en Alicante, haciendo una cosa ahora. A qué hora... Cuando llegue a casa te llamo.
Supongo que es una estupidez, pero cada día que transcurría me sentía más responsable del destino de aquella nigeriana, y de alguna manera la culpabilidad me atormentaba, por no haber estado en Murcia cuando algún malnacido, probablemente xenófobo, había decidido distraerse disparando a las busconas negras del Eroski desde un coche, y dándose a la fuga. Cuando convivía con los skinheads más de una vez planeamos acciones similares. Los muy imbéciles no sospechan que tiroteando a las putas, están interfiriendo en el negocio de sus propios ideólogos, como José Luís Roberto, fundador de ANELA y candidato a la alcaldía por España2000.
Me sentía culpable. Por esa razón preferí no acercarme a las africanas de La Paloma y probar suerte con una colombiana que me miraba fijamente desde la barra. La cosa no pudo haber salido mejor. Mientras Paulino multiplicaba sus manos, como Jesús los panes y los peces, recorriendo todo el cuerpo de una mulata, emulando los mil brazos de la diosa Kali, yo intentaba sacar a la colombiana alguna información sobre el propietario del lupanar. En ese momento me di cuenta de mi debilidad. Lo habitual en los burdeles de carretera, una vez se inicia la conversación con una fulana, es que el cliente aproveche para magrear sus pechos, nalgas o directamente su sexo. Mil veces presencié cómo a mi lado los puteros exploraban la anatomía de las féminas como puntillosos ginecólogos. Sin embargo yo nunca pude hacerlo. Nunca fui capaz de imitar el comportamiento soez y grosero de mis compañeros de correrías como Paulino. Sabía que nadie iba a mirarme mal si lo hacía. Ni siquiera las busconas, habituadas a soportar los toqueteos lascivos de los clientes. Sin embargo era superior a mí. Y aun siendo consciente de que mi personaje, un chulo y proxeneta acostumbrado a traficar con zorras, debía estar a años luz de esos prejuicios morales, nunca fui capaz de hacerlo. Me parecía que aquellas personas, por prostitutas que fueran, merecían un poco de respeto y dignidad. Pero sé que para un infiltrado esto es un síntoma de debilidad que podría haber levantado sospechas en más de una ocasión. Y aquella noche era un buen ejemplo.
Mientras Paulino introducía sin pudor la mano bajo el vestido y las braguitas de la ramera, me miraba con una sonrisa de complicidad. Yo, como siempre, me tragaba el asco y respondía a su sonrisa. Pero al ver que yo no terminaba de atacar a mi furcia, empezó a fruncir el entrecejo: ¿qué pasa?, ¿no te gusta?
Esquivé el interrogatorio como pude y decidí alejarme un poco con la colombiana para intentar entrevistarla sin interferencias del putero. Ante mis preguntas sobre quién era el propietario del garito, ella me remitía una y otra vez a la encargada, pero mi experiencia me había enseñado que los responsables de este tipo de negocios tienen muchas más tablas, y son más difíciles de burlar, que sus empleadas. Y más cuando, como en este caso, se trataba de una tailandesa que había ejercido el oficio antes de dirigirlo y que por su pinta podía deducir que conocía todos los trucos. Justo es reconocer que tanto la encargada, a la que investigaría a fondo posteriormente, como las fulanas de La Paloma hablaban con agradecimiento del misterioso Suizo. Según me relató un camarero más tarde, el empresario propietario del burdel no sólo había ayudado mucho a la tailandesa, permitiéndole dejar el oficio de ramera, para controlar a otras que aún lo ejercían, sino que iba a ser el padrino del bebé que estaba a punto de tener. Y así fue. El Suizo y su mujer asistirían meses antes al bautismo del bebé de su encargada, nacido el 25 de agosto del año 2002, y al que llamaron Nicolás T. U. El lector perspicaz ya se habrá dado cuenta de que las iniciales de los apellidos del niño coinciden con las de la madre, eso se debe a que el padre de Nicolás renegó de su hijo, lo que desembocó en un sangrante proceso judicial. Un juicio en cuya vista oral Sariya tuvo que soportar que el padre de su hijo, Jesús T. V., y varios testigos aportados por él, todos ellos puteros clientes de La Paloma, describiesen con todo lujo de detalles las «habilidades profesionales» de Sariya. Para ellos la tailandesa era una puta y, como se había acostado con muchos hombres, Jesús T. V. no se reconocía padre del pequeño Nicolás. Como diría el agente Juan, Sariya era una «disminuida social» y, a pesar de haber dejado de ejercer la prostitución años atrás para ocuparse sólo de llevar el burdel como encargada, el estigma de la ramera la acompañará siempre, como constató en el juicio por la paternidad de su hijo.
Tras considerar probado que, al margen de los encuentros en La Paloma, Sariya y Jesús habían mantenido una relación sentimental finalmente un juez valiente, don Francisco Javier Coflazo Lugo, responsable del caso Firestige en Galicia, falló a favor de la tailandesa, reconociendo a Jesús T. V. como padre de Nicolás y condenándolo a pagar una manutención de 120 euros mensuales y a dar su apellido al pequeño. La sentencia de este juicio también obra en mi poder.
Sariya estaba curtida en la escuela de la vida y cuanto más la observaba, más astuta me parecía. Así que me concentré en lo que pudiera decirme la buscona, que parecía tener tantas manos sobre mi cuerpo como Paulino sobre el de su acompañante. En un momento de la conversación, la colombiana me explicaría que el dueño de La Paloma sólo va una vez por semana, los martes, para hacer caja. «Él está muy ocupado con la cafetería que tiene en A Coruña y que es muy famosa.» Al decir eso, la meretriz latina señaló inconscientemente hacia los posavasos que había en la barra del prostíbulo, y que no llevaban impreso el nombre del club, como sería lo lógico, si no el de otro local: Planeta Esspresso.
No podía dar crédito. Si aquello era lo que parecía, había tenido mucha suerte. Según la colombiana, el propietario de La Paloma era también el propietario del Planeta Esspresso, y el muy torpe utilizaba los posavasos de su famosa cafetería en el burdel de su propiedad. Esa muestra de tacañería lo había delatado. El siguiente paso estaba claro. Le corté el rollo a Paulino y lo arrastré hasta el coche para poner rumbo de nuevo a La Coruña. Ahora faltaba localizar la cafetería del propietario de La Paloma. Tal vez ahí tuviese más suerte para comprender qué vinculación podía existir entre aquel burdel y el programa Gran Hermano.
No fue difícil dar con el Planeta Esspresso, en la zona más céntrica y turística de A Coruña: la Dársena de la Marina. Todo el mundo en la ciudad parecía conocer aquel local. Entendí el porqué en cuanto puse un pie en la cafetería. No menos de una decena de fotografías de la finalista en la última edición de Gran Hermano, decoraban las paredes. Efectivamente, D. Ulises A., alias El Suizo, propietario del burdel La Paloma, era su padre y supongo que algún día ella podría llegar a heredar los negocios de su padre, incluyendo el prostíbulo.
Ruth, la ramera del Riviera, no me había mentido. Ulises, como los familiares de los demás concursantes de Gran Hermano, había acudido a los platós de Tele 5 o había aparecido en diferentes programas de la cadena para apoyar a su hija, y eso había hecho que algunas de sus fulanas lo reconocieran. Yo mismo me lo había cruzado en el plató de A tu lado o de Gran Hermano en alguna ocasión.
En la página web de Tele 5 todavía, a la hora de escribir estas líneas, se conserva el vídeo de promoción de ella, donde aparece su padre, El Suizo, explicando las maravillas de su hija. Lo que no cuenta en ese vídeo es que algún día, si ella lo quiere así, la finalista de Gran Hermano podría heredar uno de los negocios más rentables de su padre: el burdel La Paloma.

Sonia Monroy, madrina de prostíbulo

Pero esa noche me deparaba todavía una sorpresa. Paulino se empeñó en terminar la velada en La Luna, el club de ANELA en la Nacional VI, situado a escasos metros de La Fuente. Yo necesitaba una dosis de sexo urgentemente. Le debía una, así que accedí a acompañarlo hasta el club más emblemático de Galicia. Para mi sorpresa, y como si de una broma macabra se tratase, el propietario de La Luna había ordenado que se colgase en la pared de sus mancebías un absurdo cartel que ordenaba: «EN ESTE LOCAL ESTÁ PROHIBIDO EL ALTERNE». Está claro que El Baretta es un cachondo e imagino que con ese absurdo papel, al que nadie hacía caso, creía que podría protegerse legalmente en el caso de una redada. Pero tanto La Luna como La Fuente son un pedazo de casas de putas, digan lo que digan los cartelitos.
Una vez allí, y por enésima vez, Paulino se empeñó en pagarme las copas y un servicio, y yo naturalmente acepté. Él subió con una aniñada brasileña llamada Valeria, que me pareció que alcanzaba los dieciocho años muy justamente y que, para mi asombro, lucía sobre el pecho el amuleto de la vidente Vera que Andrea me había enseñado antes de partir hacia Italia. Me las apañé para conseguir el teléfono de aquella garota, con la excusa de que yo era un poderoso brujo y podía hacerle su carta astral, así confirmé —para fortuna de ANELA— que no era una menor de edad, ya que obtuve su fecha y lugar de nacimiento para el supuesto mapa natal: había nacido en Curitiba el 3o de enero de 1981. Además, anteriormente, y al igual que Andrea, había trabajado en el burdel Olimpo, propiedad del hermano de Baretta. Me pregunto si entre los hermanos Crego es habitual intercambiarse a las busconas entre sus respectivos prostíbulos. Tomé nota de su número y apunté en mi lista de tareas pendientes la necesidad de llamarla para obtener más información sobre la meiga de las fulanas.
Yo subí con una despampanante rumana llamada Darma. Paulino pagó las dos habitaciones y, como tantas otras veces, me escudé en mi supuesta timidez para eludir la pretensión del putero de que hiciésemos una orgía intercambiándonos a las rameras. Finalmente fuimos a dormitorios diferentes.
Al entrar, y como en tantas otras ocasiones, la chica siguió el protocolo habitual. Colocó sobre la cama una sábana desechable, dejó el preservativo sobre la mesilla de noche y bajó la luz de la habitación. Pero en esta ocasión no me dio tiempo a decirle que yo no quería sexo sino hablar. Con un gesto certero dejó que los finos tirantes de su vestido se deslizaran por sus hombros, y después cayó el resto de la tenue tela hasta el suelo. Y sin ningún pudor se quedó completamente desnuda ante mí.
Era preciosa. Y su cuerpo perfecto. Hice verdaderos esfuerzos, titánicos esfuerzos, para apartar la mirada de aquellos pechos maravillosos, aquellas caderas rotundas, aquellas piernas perfectas, aquella cintura de avispa... Sólo otro hombre podrá comprender de cuánta fuerza de voluntad tuve que echar mano en aquel momento. ¿Qué importaría si yo consumía el servicio como un cliente más? ¿Quién se iba a enterar? ¿Qué más le daría a aquella valkiria nórdica acostarse con un putero más o menos esa noche? Eran mis propios prejuicios y mi propio sentido de lo moral lo que se interponía entre aquella belleza rumana y yo.
La deseaba, lo reconozco. Era pura lujuria. Pero una vez más recordé los consejos del agente Juan, mi mentor, y de alguna manera conseguí volver a controlar mis instintos. A pesar de explicarle a aquella diosa del norte que no quería sexo, no tuvo la deferencia de volver a vestirse, y permaneció a mi lado, desnuda sobre la cama, durante la media hora de su tiempo que Paulino había pagado.
Gracias a Odín conseguí resistir la tentación, y prometo solemnemente que no toqué ni un pelo de la rumana, que resultó ser originaria de Tirgóviste, ciudad que conozco bien. Y aquella contención seminal me supuso una nueva dosis de información a cambio de mi respeto. Pocos días antes un incendio se había desatado en La Luna y, durante unos minutos aterradores, el pánico se había apoderado de las chicas. Sin embargo, los daños en cuatro habitaciones del burdel de ANELA no impidieron que siguiese adelante la celebración del XIV aniversario del prostíbulo más veterano de Galicia, que se conmemoraba precisamente al día siguiente. Si me hubiese acostado con aquella espectacular mujer, sin duda no me habría dejado su número de teléfono, no me habría hablado sobre Andrei, un proxeneta que trae chicas desde Rumania, y que era el propietario de casi una decena de rumanas que vivían hacinadas en un piso de A Coruña, que yo llegaría a visitar posteriormente, y lo que es más sorprendente, no me habría adelantado que la televisiva Sonia Monroy estaría al día siguiente en La Luna.
Volví a la barra del burdel mucho antes que Paulino y pedí otra copa para hacer tiempo. Tardó en bajar y cuando lo hizo me di cuenta de que algo iba mal, al verlo dando traspiés por las escaleras y apoyándose en las paredes. Lo que sigue —por increíble que parezca— es la trascripción veraz y exacta de los hechos:
—¿Qué te pasa?, ¿estás bien? —le pregunté al putero ofreciéndole mi brazo para que se apoyase en él mientras nos acercábamos a un sofá.
—Joder, tío, no te imaginas lo que me ha pasado, qué fuerte. —¿Qué ha pasado? —Joder, pues que pagué media hora más, porque la puta estaba MUY buena y me ponía a mil. Y como me ponía tanto, me bajé al pilón y me puse a comerle el coño, pero con tanto movimiento se me cayó una lentilla dentro y, claro, me puse a buscarla con el dedo...
—Me estás vacilando.
—Que no, Toni, que no. Le metí el dedo para buscar la lentilla, y la tía, que ya estaba más caliente que yo, se movía como una perra, hasta que pillé la jodida lentilla y, claro, me levanté para guardarla en el botecillo. Pero la tía se debió de pensar que le había robado un pelo, o yo qué sé, y me echó a hostias de la habitación... Y ahora no veo una mierda. Espérate que me voy al baño a lavarla y a ponérmela...
Ocurrió así. Y es sólo una de las tragicómicas anécdotas de burdel que podrían constituir todo un volumen monográfico. Prolongué mi estancia en Galicia unos días para volver a La Luna a la noche siguiente, esta vez armado con la cámara oculta, para comprobar si efectivamente la exuberante Sonia Monroy amadrinaba el burdel de ANELA en su XIV aniversario. La hermosísima rumana no había mentido, ni en eso ni en lo demás. El 3 de diciembre de 2003 actuaban varias strippers y go-gos en el prostíbulo más veterano del noroeste. Y la actuación estrella era la de Sonia Monroy.
Antes de su actuación, la líder de las Sex-Boom anunció que estaría a disposición de los presentes para firmar autógrafos, así que aproveché la oportunidad para acercarme a ella, confiando en que mi disfraz fuese elocuente. Y digo disfraz porque yo había conocido a Sonia, años atrás, en el plató de Esta noche cruzamos el
Mississippi. Después volvimos a ser presentados en otro programa de Tele 5 en el que yo trabajaba y donde ella hizo una breve colaboración. Así que por enésima vez salté sin paracaídas, con la fe de que mi ridículo bigote y mi aspecto de macarra impidiesen que Sonia recordase mi cara.
Coló. Me dedicó cariñosamente una fotografía: «Para Toni, con mucho cariño, besitos. Sonia Monroy», y me explicó, cuando le dije que tenía un club como aquél y que estaba interesado en contratar sus servicios, que el importe eran 3.000 euros. A continuación me presentó a su representante, que también estaba allí, que me entregó una tarjeta: José Luís Diez, Agencia de Contratación de Espectáculos y Servicios.
Después me acomodé en una mesa y disfruté de los dos pases que hizo Sonia, ante mi cámara oculta, en la misma barra del burdel, donde cada noche se desarrollan los espectáculos eróticos. Bailó y cantó y tuvo el detalle de dedicar uno de sus temas a las rameras que contemplaban con envidia y admiración a la famosa. Esa noche, y gracias a que la Monroy consiguió subir la libido de los varones que atestaban el local, las rameras de La Luna trabajaron más de lo normal y el burdel hizo una de las mejores cajas de su historia.
Manuel Crego, alias Bare, se acostó un poco más rico aquella noche.

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